En 1996, con apenas veinte años, Cristina se embarcó por primera vez en el bote para ir a la pesca. Entre la curiosidad y el miedo, encontró la fuerza que la acompañaría durante dieciséis años en este oficio. Javier, hijo de una numerosa familia ligada al campo, la madera y la pesca, inició también este camino, con 32 años de edad.
Juntos, se sostuvieron en la pesca artesanal trabajando también durante el auge de esta actividad. Gracias al trabajo de la pesca artesanal y su esfuerzo lograron construir su hogar y levantar las cabañas que hoy forman parte de su emprendimiento. Actualmente se dedican al rubro turístico y ganadero, manteniendo viva la memoria de un oficio que marcó sus vidas y la identidad de la localidad.